En Críticas literarias que nadie pidió, y para abrir este blog...
Hace unas tres semanas terminé de leer «Unos cuantos sueños», novela de la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie; es una libro bastante largo. Había leído anteriormente a Chimamanda, con su novela «Amerikanah» y su ensayo «Todos deberíamos ser feministas», ambos textos deliciosos, así que en cuanto me enteré de esta nueva publicación quise leerla; al gastar alguito mucho en el libro, terminarlo fue un capricho más que un deleite.
Cuando se le dice a alguien que una novela está protagonizada por personajes africanos, suele pensarse en un entorno tribal, lleno de pobreza y una historia de superación y culturización. En ese sentido, Ngozi es audaz al no cumplir con el lugar común, pues escribe desde el África contemporánea, habla de ciudades, tecnología y de un entorno globalizado, sin ignorar los problemas políticos y sociales particulares de cada sociedad. Chimamanda es famosa por ser feminista, partidaria del área transexcluyente y usuaria de la subrogación de vientres; posturas que le ha descalificado ante feminismos más radicales. Como muchas personas escritoras del tercer mundo, tiene la fortuna de vivir en el privilegio económico y construirse profesionalmente fuera de su nación.
Cuidado, hay spoilers...
«Unos cuantos sueños» nos habla de cuatro mujeres, Kadiatou, una guineana pobre, y tres nigerianas millonarias, Omelogor, Zikora y Chiamaka, siendo esta última la protagonista; todas ellas atravesando la pandemia de la Covid-19. A pesar de ser intelectualmente brillantes, Chiamaka y Zikora, amigas, viven bajo la idea de ser reconocidas y amadas por un hombre, el que sea. Chiamaka a pesar de ligar fácilmente, busca un hombre intelectualmente superior que la haga sentir validada, dejándose caer en brazos de cretinos o dejándose ser ella la cretina. Zikora es abandonada por el padre de su hijo apenas se enteró del embarazo, destruyendo su fantasía de amor y familia tradicional. Omelogor, prima de Chiamaka, es menos emocional, disfruta del sexo libre y de participar de la corrupción bancaria nigeriana justificándose con la idea de quitarle a los ricos para darle a los pobres. Las tres tienen servidumbre, mansiones o pisos de lujo, y viajan de un país a otro como si fuera una salida al Oxxo; son bellísimas, sus entornos son exclusivos y no tienen que preocuparse de las necesidades materiales. En contraste, Kadiatou, cuyo pasaje está basado en un hecho real, es una migrante que es violada por un hombre poderoso en el hotel neoyorquino donde trabaja, su pareja está presa por narcotráfico y vive en un humilde departamento con su hija adolescente.
El bloque de Kadiatou el único interesante del libro. Su historia es bella y cruda, pero sin caer en victimismos. Se logra retratar la vida y pensamiento del personaje, y los impactos que hechos traumáticos dejan en ella, aunque con algunos saltos temporales que pueden ser confusos; el final de esta historia es un tanto súbito, pero provoca una reflexión ante lo que se quiere hacer y lo que se debe hacer.
Por otro lado, Chimamanda falla terriblemente en distinguir a las mujeres nigerianas, carecen de personalidad y de identidad. Claramente las tres son ella, y desde ellas se lee una voz idéntica, aburrida, condescendiente, vana y superficial. Son igualitas y es imposible dotar mentalmente de características que distingan a una de la otra. En momentos se menciona que Zikora y Omelogor no se caen bien, pero es algo que la autora debe especificar pues no se percibe literariamente. Para colmo, los bloques de Chiamaka y Omelogor están escritos en primera persona, sin la labor de dotarles una narración en primera persona única. No quiero pecar al leerla desde mi cómoda posición masculina cisgénero, ni pasar por alto los estigmas que se construyen desde una sociedad conservadora, pero empatizar con ellas y con su ideal de ser amadas por un hombre es imposible dada la carencia de una construcción efectiva del personaje, y de un conflicto que verdaderamente sacuda y mueva al personaje. Chimamanda parece desnudarse públicamente y sin tapujos por medio de este libro, pues los personajes nigerianos están construidos desde la selfie, no desde el reflejo y la confrontación.
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| Chimamanda Ngozi Adichie |
¿Está mal ser africano y millonario? No, en absoluto. Sencillamente el tratamiento que la novela da a esta construcción es frívola, y es incapaz de dotar de humanidad a los personajes ricos. Así, los grandes aciertos involuntarios del libro es precisar que se puede venir de un continente oprimido, y aún así replicar el modelo ante sus pares so pretexto de ayudar; y el globalizar el esnobismo, dejando en claro que cuando un personaje es vacío y superficial, da lo mismo si es de Nigeria, Japón, México o Alemania.
Otro pecado en una narración es prometer cosas que nunca ocurren. Omelogor estudia académicamente la pornografía y escribe un blog para concientizar a los hombres respecto a la educación sexual sin que estos lo perciban; sin embargo, éste hecho carece de efecto o peso alguno en la novela, al igual que la pandemia de la Covid-19, supuesto detonador de la narración y que circula sin efecto real a los entornos de las mujeres.
Se me antoja que Chimamanda fue presionada por sus editores de entregar algo en 2025, y este libro fue el apresurado resultado. La historia de Kadiatou es entrelazada con calzador a los soporíferos relatos de las nigerianas y me es claro que fue trabajado sin la idea de formar parte de una novela mayor.
La perfección literaria no existe, y este libro es el ejemplo. Chimamanda tiene textos gloriosos, y éste, que en vez de unos cuantos sueños es una lenta pesadilla.

